Después de meter la pata no me vengas llorando

Hoy hablaré sobre un tema un tanto delicado y de difícil digestión. Nos gusta echar balones fuera, pero ya va siendo hora de poner algunos puntos sobre ciertas íes, ya que cada vez me encuentro con más personas que han tenido problemas graves con sus seguros por cambiarlos ello solos, por su cuenta y riesgo. Un simple dato como muestra, con respecto a las reclamaciones que los ciudadanos han presentado a la DGSFP para que las compañías de seguros en España les restituyan o reparen algún interés o derecho,  hemos pasado de 3.933 reclamaciones admitidas en el 2.008 a 6.031 reclamaciones en el año 2.010, un 53.34% más en tan sólo 2 años.

Salvo alguna excepción, todos lo han hecho llamados por una supuesta oferta más económica y de mejores coberturas. O sea, mejor y más barato. ¿Lógico? Si, visto como la búsqueda de lo mejor para nosotros. No, si lo vemos como recibir lo mejor al precio de lo peor. No es que sea imposible, pero hemos de reconocer que no es nada frecuente que me den el coche de mayor potencia al precio del de menor potencia.

De dónde obtienen las aseguradoras el dinero para pagar los siniestros y sus gastos, ¿tendrán oculta una máquina para fabricarlo y nosotros sin enterarnos? Si aceptamos que el seguro en buena medida es un reflejo de la sociedad, ¿no estarán teniendo también dificultades con sus recursos económicos? Entonces cómo nos tiramos de cabeza por algo que nos promete más por menos, sin antes consultar con un profesional del sector, y no sólo con la almohada, el vecino resabido y la cartera.

Estamos asistiendo actualmente a un proceso generalizado por el que se nos transmite la idea que nosotros solos podemos hacer todas las gestiones, rápidamente, cómodamente y correctamente sin tener que consultar con nadie más. Podemos hacer los seguros por internet o por teléfono y nos ahorramos el desplazamiento, pero eso ¿a quién beneficia realmente? ¿Acaso ya podemos hacer seguros de vida por 1.000.000€ por teléfono? ¡Ah no! eso no que es muy importante y requiere nuestra presencia física y firmar papeles. O sea, que es la aseguradora la que decide qué se hace “fácilmente” y que se hace “a la vieja usanza”. El que me debe pagar en caso de sufrir un siniestro me pone todas las condiciones, y yo las acepto.

O nos dicen que está todo cubierto y que “no me preocupe” que el nuevo seguro es más bueno, bonito y barato. Odio cuando me dicen “no se preocupe”, yo automáticamente hago saltar todas mis alarmas y me pongo a la defensiva. Cuantas más veces me lo digan, peor lo llevan conmigo. Por lo que si aceptamos estos nuevos sistemas e ideas, estamos aceptando tácitamente que si el resultado no es el que queríamos no valen los lamentos. Nadie nos ha puesto una pistola para firmar, por lo que seremos los responsables de lo que nos pase, bueno o malo.

Para no cometer errores que nos perjudiquen seriamente, lo mejor será buscar un cortafuegos en seguros que evite que el daño me alcance, no un bombero que procure reducir, si puede, los daños sufridos. Acude al mediador profesional antes de que el problema te queme, cuando todavía te es de utilidad. Deja que te ayude antes de que no pueda hacerlo y sea demasiado tarde. No acudas cuando ya ha ocurrido el siniestro y sólo podéis sentaros juntos a ver los resultados de la destrucción y lamentarnos mutuamente de lo ocurrido. Cuando los dos ya habéis perdido, y solo queda el derecho al pataleo y al berrinche.

Si me preguntas si aprendemos de estas malas experiencias, mi respuesta es clara: No, en la mayoría de ocasiones. Es más fácil decir que los seguros son todos iguales (una mierda) y así no tener que mirarnos en el espejo y reconocer nuestros propios errores. Son pocos los que toman buena nota y aprenden la lección. Pero como me gusta repartir las responsabilidades, creo que es obligación del colectivo de mediadores hacer que este último grupo suba en porcentajes, si bien esta es otra historia, o mejor dicho, otra futura entrada para este blog.

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